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lunes, 28 de abril de 2014

Piano Bar. Charly García, 1985

     Mucho antes de desplegar el concepto Say No More, de demostrarnos que no existen fronteras para el arte, Charly García mostraba al mundo Piano Bar, disco que junto a sus antecesores Yendo de la cama al living y Clics modernos, completa una trilogía inicial en la carrera del músico, considerada piedra fundamental en la historia del rock vernáculo.
   Conceptualmente, Piano Bar se opone totalmente a sus sucesores por tratarse de un disco de canciones de arreglos estupendos pero más sencillos, sin por ello perder la magia, el sello de García. Entendámoslo bien: si Yendo... era un primer disco cargado de pop, y Clics igualmente pop pero con toques más bailables, Piano Bar llega para ponerle rock a la cosa. Si a Buenos Aires ya la tenían bombardeada, y los dinosaurios desaparecidos, este disco señala la hora de avanzar al frente, de animarse a despegar, de aproximarse a la revolución -o al 'destape argento'-.
    En términos saynomorísticos, ¿qué movimiento artístico se podía jugar después de destruir una ciudad de cartón en Ferro o apostar a las luces de flash (al contrario de los efectos de colores que se imponían)? Bueno, lisa y llanamente esto. Abandonar la elegancia y posar en jean y remera, y revolear la Rickenbacker.
    Ya el cambio sucede en el seno mismo de la banda. Calamaro, Bazterrica y Cachorro López dedicarían su tiempo a Los Abuelos de la Nada. Solo queda Willy Iturri en la batería. En un movimiento lógico, Charly convoca a Pablo Guyot en guitarras y a Alfredo Toth en bajo. Suma además, en reemplazo de Andrés, a Fito Páez en teclados. Esta banda comienza a rodar en las presentaciones de Clics, pero es en este disco donde se registra formalmente como tal.


Piano Bar era el título pensado para el trabajo anterior, pero ante el azar del grafitti neoyorquino, García guardó la idea para este nuevo trabajo, surgido en sus vacaciones en Brasil.
Ver hoy las sesiones de grabación de ese disco, casi grabado en vivo (las bases quedaron registradas en tres días, casi sin ensayos), es un ejercicio práctico para aprender cómo se trabaja en un estudio de grabación. Y cómo se puede alcanzar el esplendor con semejantes músicos ejecutando. Máxime cuando el director de orquesta no es otro que Charly García.
El disco abre con fuerza al ritmo de Demoliendo Hoteles, un primer grito del alma que señala tiempo y espacio, ubica al sujeto dentro de una generación oprimida que ahora (ese ahora, este ahora) se desvive en su reciente libertad. Promesas sobre el bidet susurra, pide clemencia, piedad para ese sujeto liberado, que apenas acaba de llegar al mundo libre y no entiende qué pasó, y tiene que reordenar su espacio. 'Vamos despacio, estamos construyendo mutuamente, aunque a veces discutamos, pero nos queremos', un mensaje conciliador para tiempos de posguerra. 
Raros peinados nuevos continúa el sendero del mensaje anterior: 'Sí, nos liberamos, y estamos construyendo, pero si querés cambiar de idea a medio hacer estás en tu derecho, que para eso estás en democracia. Eso sí, no renuncies nunca a tus ideas, criticá, no seas como uno, que quería ser aviador y se conformó con ser enfermero. Hacé.'
Piano Bar -la canción- abre paso a lo que sigue. Insta a salir, a divertirse. "Los chicos tienen un lugar donde viven esas cosas que asombran, las chicas tienen un lugar donde ir a conversar".
No te animás a despegar continúa el trazo, sigue el susurro: 'Dale, animate a despegar, no descarriles como aquellos que...' 
No se va a llamar mi amor comienza a elevar la voz. Estás prohibida, no te puedo amar. Estás prohibida, pásenlo -díganlo- en la radio. '¡Que empiece a correr la voz!'.
Tuve tu amor sostiene el hilo: narra un amor perdido en el exilio, de aquellos que se tuvieron que escapar por temor a la muerte, resignando todo, incluso el amor.
Rap del exilio no se queda atrás. El exilio por pensar distinto y lo que queda por hacer. Como si la pesadilla hubiera acabado, y los chicos retornado al país, como si solo quedara festejar bailando el retorno a la democracia.
Y llega al fin, tras mucho meditar, sonreír, pensar, discutir y dialogar. El trueno rabioso sobre la calma de una lluvia de mil años. Cerca de la revolución. 'Ok, nadie me entiende -nadie se entiende- pero no es solo una cuestión de elecciones'. El pueblo pide sangre, no como un derramamiento inútil de la muerte, sino como un elemento vital que necesita sentir correr por las venas -las propias y las del país- 'Yo morí de hambre. Hambre de poder hablar, y ahora tengo esta canción. Y si esto nos ayuda a los dos, voy a ser -vamos a ser- inmensamente felíz. Cantemos'
Total interferencia es significativa. Es el primer tema compuesto por Charly García y Luis Alberto Spinetta a dúo que sale a la luz. Es como si dos potencias se unieran para hacernos notar que estamos renaciendo, y que en ese renacer estamos destruyendo todo lo que tenemos por reflejo mero, o porque así nos enseñaron a vivir.

Es un disco que tiene la fuerza para llevarnos a romper todo, y a la vez ponernos la mano en el hombro y conducirnos a la calma, a la reflexión. A no olvidar todo aquello que nos hace daño, y al mismo tiempo continuar hacia adelante, enfocarnos en lo positivo, en construir el futuro.


Chiquitito: el arte de tapa es obra de Renata Schussheim, y fue grabado en Estudios ION por Jorge Da Silva y Roberto Fernández, y mezclado en Electric Lady Studios, Nueva York por Joe Blaney. Originalmente, el disco se editó bajo el sello fundado por Serú Girán, SG Discos.

*Algunos datos han sido tomados de No digas nada; Sergio Marchi, Bs. As.: Debolsillo, 2007.



miércoles, 23 de abril de 2014

Manal. Manal, 1970.

Boom. La Guerra Fría está en boca de todos desde hace unos años. La amenaza de un nuevo enfrentamiento bélico está latente.
Boom. Es 13 de abril y las noticias llegan del espacio: el Apolo XIII por poco estalla en pedazos. Se inmortaliza la frase "Houston, tenemos un problema...". Falsa alarma.
Boom, Boom. Los Beatles anuncian su separación. El mundo llora por John, Paul, George y Ringo. Let it be.
Boom. Boom. Boom. Es 1970 y la Argentina sangra entre azules y colorados. Los militares ocupan las calles y el gobierno. Los jóvenes se cortan el pelo y estudian lo que sus profesores y padres enseñan y reclaman.
Sin embargo, existe escondida en las noches porteñas, un conjunto de adolescentes deseosos de vivir. Nebbia, Moris, Tanguito y Javier Martínez (entre otros) son el cuarteto más alocado de la ciudad. Hacen música noche y día. Yiran Buenos Aires. De día Plaza Francia, de noche La Cueva. Y en el medio descansar en las mesas de La Perla, guitarra en mano, siempre y cuando no los lleve el patrullero. En su baño, nació La Balsa, que unos años antes ya es registrada en el primer simple de Los Gatos. También se escribe allí Jugo de Tomate Frío, ese otro ícono del llamado Rock Nacional.

Boom. Es 1970 y con el empuje de Los Gatos, Almendra y Moris, las puertas de las discográficas comienzan a ceder paso a esta oleada de jóvenes intelectuales, músicos y poetas. De la mano de Jorge Alvarez y su sello Mandioca, se edita el primer trabajo de Manal, el grupo formado por Javier Martínez en batería y voz principal, Claudio Gabis en guitarras y órganos, y Alejandro Medina en bajo, voces y pianos. El disco se graba en los estudios T.N.T.




El disco impacta desde el vamos. Sobre un fondo amarillo, una bomba negra con imágenes del trío, invita a curiosear. Arte de Rodolfo Binaghi. Son siete canciones del más puro blues. Manal es la primera banda del género prácticamente y es raro notar cómo entre la barra cuevera todos se influencian y a la vez cada cual lleva su estilo. Sus letras hablan de las problemáticas típicas de la época: la soledad, el éxito (o lo que por ello entendían los padres), la guerra. A la vez, pintan un cuadro descriptivo de la vida urbana. Allí están la Avenida Rivadavia, el paisaje industrial de Avellaneda, el humo, la rutina de salir a trabajar.
La voz intencionadamente podrida de Martínez suena fuerte sobre los pases de una batería bien tocada, que sugiere matices e invita a sumergirse en solos como el de Informe de un día. Per se, es elogioso, cuando no extraño para la época, imaginar a un batero que  pueda tocar y cantar a la vez.
El andar correcto de Alejandro Medina en el bajo, cada tanto aportando con su voz, se acopla a la perfección con las guitarras blusero-jazzísticas de Claudio Gabis. No existen dudas de que los tres músicos encastran magistralmente entre sí. 


Son siete canciones. Jugo de tomate frío. Porque hoy nací. Avenida Rivadavia. Todo el día me pregunto. Avellaneda Blues. Casa con diez pinos. Informe de un día.

Es 1970, pero suena igual en cualquier época. Manal.





 

N.del E.: El video contiene el disco entero de Manal, más algunos temas que luego formaron parte del segundo LP del grupo, El León




martes, 22 de abril de 2014

El amor después del amor. Fito Páez, 1992

    Los años pasan y El amor después del amor parece sonar igual que entonces, como si el tiempo no pasara, como si los climas, las texturas y el sonido logrados en este disco se amoldaran a cada cambio en el contexto.
Razones no faltan. Fito Páez alcanzó con este trabajo una cumbre en su carrera que marcaría su rumbo para siempre. Resumir este éxito es una tarea tan sencilla como compleja. ¿Por dónde empezar? Veamos.

   La ficha técnica de El amor... señala que en este disco participan algunos de los músicos más consagrados de Argentina. Allí están Luis Alberto Spinetta y Charly García (acaso los 'padres adoptivos' del genio rosarino) colaborando en el proceso creativo de temas como Pétalo de sal o La rueda mágica (esta última, con la participación del otro hijo pródigo de ambos, Andrés Calamaro). Celeste Carballo y Fabiana Cantilo en las pieles de las alocadas Thelma y Louise para Dos días en la vida, el primer guiño cinéfilo de la obra, que luego se continúa con La Verónica y alcanza su máximo en la primer incursión de Paez como director de cine para el mediometraje de la Balada de Donna Helena. Y la inconfundible voz de Claudia Puyó, una especie de Janis Joplin nacida al sur, en la canción que da título al disco. El tándem de invitados del rock se completa con Fabián Gallardo, Daniel Melingo, Osvaldo Fattoruso, el por entonces flamante cuñado Ariel Roth y Gabriel Carámbula, a la postre, guitarrista de la banda de Fito, que por entonces firmaba con Tweety Gonzalez en programaciones y órgano, Ulises Butrón -la voz de Tango en Tango Feroz- en guitarras, Guillermo Vadalá en bajo y Daniel Colombres en batería.
Enmarcar a Fito Páez en el rock es lógico pero insuficiente. Desde sus inicios en la trova rosarina hasta hoy día, continúa dejando marcas en su música de las influencias del tango, la música clásica y el folklore. Ahí están Tumbas de la gloria o Un vestido y un amor. Para ello, contó con la participación de músicos como Antonio Carmona, Chucho Marchand, Carlos Narea, Lucho Gonzalez, Chango Farías Gómez o Carlos Villavicencio. Pero la participación más importante sin duda, aún con García y Spinetta adentro, es la de Mercedes Sosa para esa pieza folclórica tan bella como es Detrás del muro de los lamentos.


Y si uno quisiera más predestinaciones podría decir que aquí hubo una apuesta muy grande de Páez, sus productores y la compañía. Porque El amor después del amor fue preproducido en Uruguay, grabado luego en estudios de grabación de envergadura como son ION (Bs. As.), Cine Arte (Madrid), Air Studio London (Londres) y el mítico estudio de The Beatles, Abbey Road (Londres). Una tarea que abarcó tan sólo cinco meses entre febrero y junio de 1992.

A las canciones ya citadas, se agregan algunos temas de excelencia que, por "sentarse en el banco junto a" esos hits, quizás hallan pasado un tanto inadvertidos pero no por eso menos bellos: Tráfico por Katmandú tiene una fuerza creciente que rompe todo al final y recuerda aquello del "rompan todo" de Billy Bond. En el extremo opuesto, Creo es un tema de relax, de amor, de redención.  Y entre los dos, Sasha, Sissí y el círculo de baba tiene swing, tango y rock, no necesita soplar muy fuerte para despeinar al más engominado.

Y como no podía ser de otra manera, este disco, que tiene rock, clásico, tango, pop y folklore, cierra con dos temas que terminan de justificar el porqué Fito Páez se insertó en la música popular argentina para no salirse más de allí. Brillante sobre el mic se convirtió en una canción necesaria en toda fiesta de quince, ceremonia familiar o despedida de egresados. A su vez, A rodar mi vida se colocó entre los temas más reversionados por las hinchadas futboleras, por lo que en todos los ámbitos de la vida argentina sonaba ya no un corte de difusión sino un puñado de temas de este disco.





   Fito Páez dió giros en numerosos sentidos. Porque este disco significó un cambio radical en su carrera que lo acercó a la fama multitudinaria para abandonar definitivamente a ese chico de Rosario totalmente ingenuo que comía Mentholyptus.
   Giró en una ruleta sonora atravesando distintos géneros que son parte de su propia marca.
Giró por el mundo: Uruguay, Buenos Aires, Madrid, Londres gestaron el proyecto.
Giró por entre la gente: peñas, radios, televisión, diarios, teatros, fiestas y estadios de fútbol. De hecho, llenó él solo el estadio de Vélez Sarsfield, para luego donar lo recaudado a Unicef, en un gesto de absoluta humildad.
  Giró en su alma. Porque en definitiva, El amor después del amor, es un cambio mucho más profundo: Fito Páez dedicó este disco al amor. Al amor de Cecilia, tan fuerte y tan especial como el que anteriormente sostuviera con Fabiana Cantilo. Tal como cita en el sobre interno "lo que llamamos amor es el deseo de unirnos y de fundirnos (...)". Fito lo logró. Nos unió a todos en un disco que cantar, que nos funde de alguna manera como argentinos -tal es el sentimiento colectivo que hace a la argentinidad como a saltar, bailar y corear una canción-. Nos unió y nos sigue uniendo cuando se sienta al piano y entona alguna de estas, por ejemplo.




Corolario: El amor después del amor, personalmente me evoca una etapa que ocupa mis primeros años de vida. Me transporta a momentos felices. Será por eso que, cuando tuve en mis manos mi boleto para verlo celebrar los primeros veinte años de vida del mismo, huí de la boletería como si fuera un corresponsal de guerra intentando llegar al búnker, para meterme en el subte que me alejaría de las manos deseosas de tener mi preciado tesoro, y una vez en él, solo pude largarme a llorar de felicidad.