Razones no faltan. Fito Páez alcanzó con este trabajo una cumbre en su carrera que marcaría su rumbo para siempre. Resumir este éxito es una tarea tan sencilla como compleja. ¿Por dónde empezar? Veamos.
La ficha técnica de El amor... señala que en este disco participan algunos de los músicos más consagrados de Argentina. Allí están Luis Alberto Spinetta y Charly García (acaso los 'padres adoptivos' del genio rosarino) colaborando en el proceso creativo de temas como Pétalo de sal o La rueda mágica (esta última, con la participación del otro hijo pródigo de ambos, Andrés Calamaro). Celeste Carballo y Fabiana Cantilo en las pieles de las alocadas Thelma y Louise para Dos días en la vida, el primer guiño cinéfilo de la obra, que luego se continúa con La Verónica y alcanza su máximo en la primer incursión de Paez como director de cine para el mediometraje de la Balada de Donna Helena. Y la inconfundible voz de Claudia Puyó, una especie de Janis Joplin nacida al sur, en la canción que da título al disco. El tándem de invitados del rock se completa con Fabián Gallardo, Daniel Melingo, Osvaldo Fattoruso, el por entonces flamante cuñado Ariel Roth y Gabriel Carámbula, a la postre, guitarrista de la banda de Fito, que por entonces firmaba con Tweety Gonzalez en programaciones y órgano, Ulises Butrón -la voz de Tango en Tango Feroz- en guitarras, Guillermo Vadalá en bajo y Daniel Colombres en batería.
Enmarcar a Fito Páez en el rock es lógico pero insuficiente. Desde sus inicios en la trova rosarina hasta hoy día, continúa dejando marcas en su música de las influencias del tango, la música clásica y el folklore. Ahí están Tumbas de la gloria o Un vestido y un amor. Para ello, contó con la participación de músicos como Antonio Carmona, Chucho Marchand, Carlos Narea, Lucho Gonzalez, Chango Farías Gómez o Carlos Villavicencio. Pero la participación más importante sin duda, aún con García y Spinetta adentro, es la de Mercedes Sosa para esa pieza folclórica tan bella como es Detrás del muro de los lamentos.
Y si uno quisiera más predestinaciones podría decir que aquí hubo una apuesta muy grande de Páez, sus productores y la compañía. Porque El amor después del amor fue preproducido en Uruguay, grabado luego en estudios de grabación de envergadura como son ION (Bs. As.), Cine Arte (Madrid), Air Studio London (Londres) y el mítico estudio de The Beatles, Abbey Road (Londres). Una tarea que abarcó tan sólo cinco meses entre febrero y junio de 1992.
A las canciones ya citadas, se agregan algunos temas de excelencia que, por "sentarse en el banco junto a" esos hits, quizás hallan pasado un tanto inadvertidos pero no por eso menos bellos: Tráfico por Katmandú tiene una fuerza creciente que rompe todo al final y recuerda aquello del "rompan todo" de Billy Bond. En el extremo opuesto, Creo es un tema de relax, de amor, de redención. Y entre los dos, Sasha, Sissí y el círculo de baba tiene swing, tango y rock, no necesita soplar muy fuerte para despeinar al más engominado.
Y como no podía ser de otra manera, este disco, que tiene rock, clásico, tango, pop y folklore, cierra con dos temas que terminan de justificar el porqué Fito Páez se insertó en la música popular argentina para no salirse más de allí. Brillante sobre el mic se convirtió en una canción necesaria en toda fiesta de quince, ceremonia familiar o despedida de egresados. A su vez, A rodar mi vida se colocó entre los temas más reversionados por las hinchadas futboleras, por lo que en todos los ámbitos de la vida argentina sonaba ya no un corte de difusión sino un puñado de temas de este disco.
Fito Páez dió giros en numerosos sentidos. Porque este disco significó un cambio radical en su carrera que lo acercó a la fama multitudinaria para abandonar definitivamente a ese chico de Rosario totalmente ingenuo que comía Mentholyptus.
Giró en una ruleta sonora atravesando distintos géneros que son parte de su propia marca.
Giró por el mundo: Uruguay, Buenos Aires, Madrid, Londres gestaron el proyecto.
Giró por entre la gente: peñas, radios, televisión, diarios, teatros, fiestas y estadios de fútbol. De hecho, llenó él solo el estadio de Vélez Sarsfield, para luego donar lo recaudado a Unicef, en un gesto de absoluta humildad.
Giró en su alma. Porque en definitiva, El amor después del amor, es un cambio mucho más profundo: Fito Páez dedicó este disco al amor. Al amor de Cecilia, tan fuerte y tan especial como el que anteriormente sostuviera con Fabiana Cantilo. Tal como cita en el sobre interno "lo que llamamos amor es el deseo de unirnos y de fundirnos (...)". Fito lo logró. Nos unió a todos en un disco que cantar, que nos funde de alguna manera como argentinos -tal es el sentimiento colectivo que hace a la argentinidad como a saltar, bailar y corear una canción-. Nos unió y nos sigue uniendo cuando se sienta al piano y entona alguna de estas, por ejemplo.
Corolario: El amor después del amor, personalmente me evoca una etapa que ocupa mis primeros años de vida. Me transporta a momentos felices. Será por eso que, cuando tuve en mis manos mi boleto para verlo celebrar los primeros veinte años de vida del mismo, huí de la boletería como si fuera un corresponsal de guerra intentando llegar al búnker, para meterme en el subte que me alejaría de las manos deseosas de tener mi preciado tesoro, y una vez en él, solo pude largarme a llorar de felicidad.
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