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lunes, 30 de marzo de 2015

El enigma Spinoza, Irvin Yalom (Emecé, 2012)

¿Cómo se vinculan uno de los ideólogos más importantes del nazismo y la "solución final" con uno de los pensadores más importantes de la historia?

Irvin Yalom hace uso de sus conocimientos psiquiátricos para ahondar en la historia y trazar un nexo que une a estos dos personajes tan distantes en el tiempo. Si bien muchos de los sucesos que aquí se relatan tienen un caráceter verídico, Yalom crea personajes secundarios que funcionan a modo de iluminadores del pensamiento y el espíritu de Baruch Spinoza y Alfred Rosenberg para mostrarnos algunos supuestos de lo que, al entender del escritor, pudieron ser las ideas que albergaban ambos personajes.

Baruch Spinoza, fue un filósofo judío del siglo XVII excomulgado de su comunidad por sus pensamientos respecto a la religión. Se lo reconoce como uno de los tres pensadores del racionalismo más influyentes junto con Descartes y Liebniz.

Alfred Rosenberg recibió el título de arquitecto pero se desempeñó como escritor y político, influenciado por los escritos de Houston Stewart Chamberlain . Por su colaboración intensa y como miembro inicial del Partido de los Trabajadores Alemanes, fue escalando en el partido y ocupando espacios de mayor jerarquía.  
 En 1933 fue ascendido a Jefe del Servicio de Asuntos Exteriores del Partido Nazi, cuya tarea fue la de confiscar obras de arte de los museos judíos, entre ellos, la biblioteca personal de Spinoza en su casa-museo de Amsterdam. Enjuiciado en Nüremberg, fue ejecutado en 1946.


El vínculo en esta historia se ata cuando Rosenberg toma noción de que su autor de cabecera, Goethe, considerado uno de los hombres más influyentes del pensamiento alemán, admiraba a Spinoza, a quien citaba numerosamente en su autobiografía. De este modo, Rosenberg recorre un camino que lo lleva a una búsqueda incesante por intentar comprender cómo el pensador alemán más importante reconocía a una mente a la que él consideraba inferior.

Un libro atrapante, plagado de guiños históricos de una etapa oscura de la Historia. Para leer, releer y recomendar.


viernes, 13 de marzo de 2015

Yo que serví al rey de Inglaterra, Bohumil Hrabal (Ada Korn Editora- 3ra ed. 1997)

Tan ígnoto para mi como impronunciable, Hrabal llegó por obra del destino un día de teatro en la Escuela Superior de Comercio. Era una edición llamativa en una caja con varios ejemplares. Algo había allí que me llevó a tomarlo, una fuerza lejana que me arrastró a la perdición, una atracción, un impulso que llamó mi atención y despertó mi interés. Seguramente fue el dibujo de portada. Sin dudas, el nombre familiar de la editora, a la que me atan intrincados lazos sanguíneos y que no conozco.

De cualquier manera allí estaba, descubriendo sin saber, a uno de los máximos referentes de la literatura checa, sucesor de Hasek y Kafka.

Se trata de la historia de Ditie, un joven aprendiz de mozo que narra, a través de su vida, la de todo un pueblo en medio de la Europa de entreguerras. Así, pasa de trabajar como aprendiz a ser condecorado por servir a reyes para luego casarse con una soldado nazi alemana y ser echado de sus clubes de reuniones checas por traidor; servir a la procreación de la raza aria, convertirse en dueño de su propio hotel, ser encarcelado por los comunistas tras la liberación de la República Checa; perder su patente de rico y edificar un hotel único, frecuentado por Steinbeck y Maurice Chevalier.

"Aunque hubiese sido yo mismo el que lo hubiera capturado, el Sokol de Praga igualmente me hubiese mandado a la cárcel, no porque me hubiera casado con una alemana, sino porque en el período en que eran ajusticiados millares de patriotas checos yo había estado frente a las autoridades nazis de la comisión para la defensa de la sangre y el honor alemanes (...) para ver si era capaz de unirme carnalmente con una mujer alemana de raza aria."

La historia, sumamente atractiva desde el punto de vista histórico, es sostenida por Hrabal no solo desde el humor sino también por un estilo personal de escritura que le distingue. Largas y minuciosas descripciones que se hilvanan sin necesidad de diálogo alguno. Frases conductoras que conectan los capítulos entre sí y dejan la sensación al lector de que el relato sucede aquí y ahora, en una charla de café o en una reunión social.

Es la vida de Ditie una suerte de sube y baja que lo arrastra de aquí para allá; de la ruina al éxito, y de éste al fracaso sin que ello implique la pérdida en valor del héroe. En todo momento, el personaje narra su historia como si todo aquello hubiera pasado tan velozmente que no tuviera ocasión para reflexionar sobre lo sucedido. Como si siempre tuviera que mirar hacia adelante con la meta puesta en el siguiente objetivo.

¿Les basta? Con esto termino por hoy.

Eramos unos niños, Patti Smith (Lumen, 2010)



"Fue el verano en que murió Coltrane. El verano de Crystal Ship. Los hippies alzaron sus brazos vacíos y China hizo detonar la bomba de hidrógeno. Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra en Monterrey. AM radio retransmitió Ode to Billie Joe. Hubo disturbios en Newark, Milwaukee y Detroit. Fue el verano de la película Elvira Madigan, el verano del amor. Y en aquel clima cambiante e inhóspito, un encuentro casual cambió el curso de mi vida.
Fue el verano en que conocí a Robert Mapplethorpe. [...]" 

Eramos unos niños no es solo una historia de juventud entre dos seres que se aman. Es un anecdotario de época que cruza las vidas de dos artistas en desarrollo con el mundo del arte al que intentan entrar por distintos caminos. Allí están, en medio de la gran ciudad, cruzándose con Andy Warhol, con Janis Joplin, con Jimi Hendrix, con Allen Ginsberg. Allí están, en un mundo que se abre a las nuevas formas culturales y la libertad sexual y la experimentación narcótica. Allí están, haciendo frente al que sea, acaso, el gran temor de esa segunda mitad del siglo XX: el sida. 
Es la historia de Patti Smith y Robert Mapplethorpe. De la poetisa y el pintor. De la reseñadora de discos y del escultor. De la cantante y el fotógrafo. De dos artistas. De dos amigos. De dos amantes.

Llegó a mis manos como obsequio de cumpleaños de tres amigos que atinaron con el presente. Un libro que bien nos identifica a todos nosotros. En sus páginas, Patti Smith narra con delicadeza e increíble memoria crónica su propia historia. Cómo fueron sucediéndose los hechos que la llevaron a recorrer los distintos estados de su país, las diversas ciudades. Tiempos de bohemia, de vivir en las calles, de aprender a sobrevivir, de sostener una libertad cuya manifestación última estaba allí, en sus poemas. Cuenta cómo conoció al hombre de su vida, al que la marcó por siempre. Su amigo, novio y compañero. Detalla sus idas y  vueltas conviviendo y aprendiendo cada uno a seguir sosteniéndo su voluntad artística y su libertad personal.

Es una historia cargada de datos y nombres que entran y salen de la vida de estas dos personas que, pese a todo se han amado hasta el último día. Una historia tan maravillosa como real que obliga a quien la lee, a sumergirse en ella y abandonar toda noción de tiempo y espacio para poder alcanzar a cada momento la página siguiente, a querer saber cómo continúa. 
Es una historia que anima a quien sueña a seguir luchando por sus propios sueños. Una historia que también roba sobre el final una o dos (o más) lágrimas por el desenlace que, aunque conocido previamente, escapa con tanta dulzura y perfección de la pluma de Smith, haciéndole inevitable el llanto al más duro. 

Una oda al amor y a la amistad.